La dimensión del corazón pastoral
(Por el Rev. Juan Carlos Oliva)
Base Bíblica: Éxodo 32:30-32
¿Quién de nosotros no hubiera desesperado de andar con este pueblo, tan propenso al mal, tan duro de corazón? A cada vuelta de su peregrinaje caían otra vez en pecado, provocando continuamente a Dios con sus abominaciones. Como pastores sabemos bien lo qué es luchar con un pueblo que no responde. Hemos tratado por años con personas que vuelven una y otra vez, como el perro a su vómito, al mismo comportamiento pecaminoso. Hemos dedicado horas de consejería y asesoramiento pastoral a otros que, sin embargo, vuelven a caer ni bien los soltamos por un momento. Hemos invertido años de esfuerzo en líderes que nos defraudan. Muchas veces lo único que vemos es lo reiterativo de los patrones pecaminosos que nos atan y derrotan.
Moisés reprendió duramente al pueblo por la magnitud de su pecado. Habían ofendido profundamente la santidad de Dios, y su rebeldía había encendido la ira de Jehová. Lo que habían hecho era inadmisible desde todo punto de vista. El profeta no dudó en explicar la gravedad de la situación a los israelitas. Se ofreció, a pesar de esto, a subir a la presencia de Dios para hablar con él acerca de la situación, aunque se mostró escéptico en cuanto al éxito de dicha empresa.
Note, sin embargo, qué diferente es el tono de la conversación de Moisés con el Señor. Podría haberle pedido a Dios, como lo hicieron los discípulos, que mande fuego del cielo sobre esa generación impía. Lo hubiéramos entendido. Pero no lo hizo. Sin minimizar en forma alguna la enormidad del pecado, Moisés le pidió a Jehová que perdonara el pecado de los israelitas. Realmente no sabía si Dios los iba a perdonar o no. Pero no dudó en hacerle saber al Señor que él estaba plenamente identificado con el pueblo. Si les correspondía castigo, él no quería ser dejado de lado. En esencia, le estaba diciendo a Dios: castígalos si es necesario, pero quiero que sepas que yo me hago uno con ellos.
Qué maravillosa ilustración de ese misterioso vínculo que nos une con el pueblo. Esta es la esencia del corazón pastoral. El pueblo muchas veces nos cansa. Nos sentimos desanimados. Juntamente con el apóstol Pablo testificamos que diariamente está sobre nosotros la preocupación de la iglesia. ¿Quién es débil sin que seamos débiles? ¿A quién se le hace pecar sin que no nos preocupemos intensamente? A veces queremos abandonar la tarea de pastorear, pero Dios ha puesto en nosotros un amor que no nos deja tranquilos. Son nuestro pueblo, en las buenas y en las malas. Sus victorias son nuestras victorias. Sus derrotas son también nuestras derrotas. ¡Esta es nuestra bendita carga! Si sentimos que hemos perdido la pasión por el pueblo de Dios, consideremos sus victorias son nuestras victorias y sus derrotas también nuestras derrotas.
Para pensar:
¿Ha perdido usted su pasión por el pueblo que Dios le ha dado? ¿Lo han saturado con sus demandas? ¿Lo han fastidiado con sus debilidades? No está solo. Una gran compañía de pastores, desde los tiempos de Moisés, ha sufrido de manera similar. ¿Por qué no se toma un momento ahora para darle gracias a Dios por el pueblo en medio del cual le ha puesto para pastorear? Pídale al gran Pastor que renueve una vez más en usted su pasión por estas vidas. Clame para que el Padre le dé el mismo espíritu tierno y bondadoso que él tiene para con nosotros. ¡Levántese y bendiga a los suyos, a pesar de lo que son, pues para esto ha sido llamado!












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